Tras semanas de negociaciones intermitentes, el presidente de EE. UU., Donald Trump, parece haber logrado finalmente un acuerdo con el régimen iraní para poner fin a la guerra que ha sacudido a la región, y a los mercados energéticos mundiales, desde finales de febrero.
Sin embargo, es probable que lo que se haya acordado siga siendo objeto de controversia hasta que se firme el acuerdo, lo cual está previsto para el viernes.
Animado por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, Trump inició la guerra el 28 de febrero con el objetivo de derrocar al régimen iraní y obligar a Teherán a capitular, tal como lo había hecho en Venezuela.
Sin embargo, no pudo alcanzar este objetivo ante la contundente respuesta defensiva de Teherán. Bajo una enorme presión nacional e internacional, Trump decidió finalmente que debía recurrir a la solución diplomática que tenía a su alcance para poner fin al conflicto lo antes posible.
El “memorando de entendimiento” que Washington y Teherán acaban de anunciar es una confirmación de esta realidad.
Esto dejará a Irán en una posición más fuerte que antes de la guerra, a Estados Unidos con mucho menos poder de influencia en la región e a Israel en la estacada. El acuerdo también impulsará a los Estados árabes del Golfo Pérsico a reevaluar sus alianzas de seguridad con Estados Unidos y a aceptar a Irán como un actor regional influyente.
Pocos puntos de acuerdo aparentes
Fuentes iraníes y estadounidenses han dado versiones diferentes del acuerdo.
Ambas partes parecen haber acordado permitir que se reanude el tráfico en el Estrecho de Ormuz y levantar el bloqueo naval estadounidense de los puertos iraníes. Las negociaciones sobre el programa nuclear de Irán también continuarán durante los próximos 60 días.
Además de esto, ambas partes parecen tener posiciones muy distantes en otros temas.
Según los medios iraníes, el acuerdo pondría fin a los combates en todos los frentes, incluidos los bombardeos de Israel contra el Líbano, y reabriría el Estrecho de Ormuz en un plazo de 30 días “bajo las condiciones establecidas por Irán”.
Además, exige la liberación de 24 mil millones de dólares de activos iraníes congelados durante los 60 días que duren las negociaciones, y obliga a Estados Unidos y a sus aliados a presentar planes de reconstrucción para Irán por un valor de al menos 300 mil millones de dólares.
Sin embargo, según el medio de comunicación estadounidense Axios, el acuerdo prevé la reapertura inmediata del estrecho sin peajes. Un funcionario estadounidense declaró a Axios que, tras la reapertura del estrecho, se le concederían a Irán “exenciones temporales de las sanciones” para permitirle vender petróleo.
Trump tampoco hizo ninguna referencia al Líbano en su anuncio del acuerdo en Truth Social, aunque los mediadores paquistaníes afirmaron que el Líbano estaba incluido en el acuerdo.
También quedan por resolver muchas cuestiones polémicas relacionadas con el programa nuclear de Irán. Entre ellas se encuentran el futuro de las reservas de uranio altamente enriquecido de Irán y si se le debería permitir a Irán enriquecer uranio a un nivel acordado con fines pacíficos.
El fin de una guerra sin sentido
Cuando Trump y Netanyahu iniciaron la guerra, su objetivo era derrocar al gobierno de Irán, destruir su programa nuclear y su capacidad de misiles, y romper sus vínculos con sus aliados regionales: Hezbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen, las milicias chiitas en Irak, así como Hamás y la Yihad Islámica en Palestina.
El objetivo general era alterar el orden regional en beneficio de Estados Unidos e Israel. Esto le permitiría a Netanyahu alcanzar su objetivo, anhelado desde hace mucho tiempo, de convertir a Irán en una entidad débil y llevar adelante su visión de un “Gran Israel” en el Medio Oriente, una región de vital importancia estratégica y rica en petróleo.
Sin embargo, a pesar de su carácter autoritario y de todos los desafíos en materia de política interna y externa a los que se enfrenta, el sistema islámico iraní ha demostrado que está diseñado para sobrevivir. Ha resistido la eliminación de sus líderes, el bombardeo militar masivo por parte de Estados Unidos e Israel y el posterior bloqueo estadounidense de los puertos iraníes.
Es cierto que Irán ha sufrido graves daños en su infraestructura y su economía, además de víctimas civiles. Sin embargo, el régimen ha sido capaz de responder de formas que han resultado muy costosas para Estados Unidos, sus aliados árabes de la región del Golfo e Israel.
Su control sobre el estrecho de Ormuz, algo que Teherán nunca había tenido antes de la guerra, ha desencadenado una crisis mundial de energía y fertilizantes y le ha dado a Teherán una enorme ventaja estratégica.
Mientras tanto, Trump se enfrentaba a una creciente oposición interna a la guerra, sumada a la disminución de los interceptores de defensa aérea y a la falta de apoyo entre los aliados tradicionales de Estados Unidos. Ante todo esto, Trump ha tenido buenas razones para no permitir que el conflicto se prolongue demasiado, especialmente en un año electoral.
El acuerdo debe de ser muy desalentador para Netanyahu, cuya determinación de debilitar fundamentalmente a Irán podría estar desmoronándose.
Es posible que siga intentando socavar el acuerdo de paz con nuevos ataques contra el Líbano y, tal vez, con la anexión formal de Gaza y Cisjordania. Pero dada la dependencia de Netanyahu de Estados Unidos para sus operaciones militares y su supervivencia política, Trump cuenta con suficiente influencia para obligarlo a él y a los ministros de extrema derecha de su gabinete a acatar las normas.
Si finalmente se firma un acuerdo de paz definitivo, este podría allanar el camino para algún tipo de acercamiento entre Irán y Estados Unidos, como requisito previo para lograr un Oriente Medio más estable y pacífico. Pero aún no es momento para el júbilo excesivo.
Ambas partes ya han pasado por esto antes. Llevaban meses negociando un acuerdo sobre el programa nuclear de Irán cuando Estados Unidos e Israel atacaron a Irán. Según los mediadores de Omán, el acuerdo estaba “al alcance de la mano” cuando comenzaron a caer las bombas.
This means any ceasefire reached now could be very fragile. It also raises the question of what this war, waged with no concern for international law or US Congressional approval, was all about in the first place.
Amin Saikal es profesor emérito de Estudios sobre el Medio Oriente en la Universidad Nacional de Australia, la Universidad de Australia Occidental y la Universidad de Victoria.
