Muchos estadounidenses harán una pausa en el 25.º aniversario de los atentados del 11 de septiembre para recordar a las casi 3,000 personas que perdieron la vida ese día. Los atentados se convirtieron en una tragedia nacional compartida, cuyo impacto se extendió mucho más allá de quienes los vivieron de primera mano.
Las secuelas de un desastre de este tipo pueden suponer una enorme presión para una comunidad. Si la situación de inestabilidad se prolonga, el apoyo es insuficiente y las estructuras económicas y sociales que mantienen unida a la comunidad se ven dañadas. Las relaciones pueden romperse, la confianza puede desvanecerse y pueden surgir conflictos. Los investigadores especializados en desastres describen este patrón como una “comunidad corrosiva”.
Como investigadora en trabajo social que ha estudiado la recuperación tras desastres y ha trabajado junto a comunidades afectadas por desastres durante más de dos décadas, he sido testigo de otra faceta de la respuesta humana ante las catástrofes: en medio de enormes dificultades y pérdidas, las personas buscan conexión y encuentran fortaleza en la comunidad.
¿Qué sucede después de un desastre?
Una encuesta nacional realizada justo después del 11 de septiembre reveló que aproximadamente la mitad de los estadounidenses había respondido a la crisis haciendo donaciones a organizaciones benéficas, y que casi una cuarta parte había donado o intentado donar sangre. Las inscripciones para ser voluntario se dispararon.
La investigación que realicé junto con mis colegas sobre el matrimonio y el divorcio tras el 11 de septiembre ofreció otra perspectiva sobre los efectos del desastre. Analizamos las tasas de divorcio en los 62 condados de Nueva York, comparando los cuatro años posteriores a los ataques con la década anterior a ellos. Las tasas de divorcio fueron significativamente más bajas de lo esperado en tres de esos cuatro años. Incluso en 2005, la tasa de divorcio a nivel estatal se mantuvo aproximadamente un 8 % por debajo de lo que habría predicho la tendencia de la década anterior.
Estos patrones apuntan a algo que he observado en las décadas posteriores: durante las crisis colectivas, las personas suelen recurrir a la familia y a las relaciones sociales.
Bottom of Form
Volví a ver ese instinto en 2005, después del huracán Katrina, que cobró la vida de casi 1,400 personas y causó daños por más de 125 mil millones de dólares, lo que lo convirtió en uno de los desastres naturales más costosos de la historia de Estados Unidos.
En medio de una devastación y un desplazamiento enormes, las familias acogieron a sus parientes, y voluntarios y organizaciones de todo el país se movilizaron. En nuestra investigación con más de 7,200 niños y adolescentes de comunidades de Luisiana gravemente afectadas por el huracán Katrina, descubrimos que, dos años después de la tormenta, las perturbaciones como la separación de la familia y la comunidad se encontraban entre las experiencias asociadas con mayores síntomas de estrés postraumático. En nuestro trabajo con consejeros de crisis en Luisiana, observamos que las personas que habían sufrido pérdidas significativas describían cómo encontraban sentido y sanación al ayudar a otros a recuperarse.
La recuperación es un proceso que se vive juntos
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) ha documentado un fuerte aumento en los desastres que causan daños por mil millones de dólares en las últimas décadas. En 2024, el último año para el que la NOAA compartió datos, Estados Unidos sufrió 27 desastres de este tipo, en comparación con un promedio de aproximadamente nueve al año desde 1980. A medida que estos eventos se vuelvan más frecuentes, será cada vez más urgente comprender qué es lo que ayuda a las comunidades a recuperarse.
Para algunas comunidades, como las de la Costa del Golfo, los desastres no son sucesos aislados, sino experiencias recurrentes. Tras el derrame de petróleo de Deepwater Horizon en 2010, el mayor derrame marítimo de la historia de Estados Unidos, que vertió 134 millones de galones de petróleo en el Golfo, les pregunté a 41 residentes qué consejo le darían a otras personas que enfrentaran crisis similares. Muchos de ellos habían sobrevivido a múltiples desastres, incluidos los huracanes Katrina, Rita y Gustav. Su consejo fue sorprendente por su sencillez: confía en tu fe y encuentra fortaleza en la comunidad.
Años más tarde, escuché el mismo mensaje a miles de millas de distancia cuando visité Hawái después de los incendios forestales de Maui de 2023, que destruyeron la ciudad de Lahaina y causaron la muerte de más de 100 personas, lo que los convirtió en los incendios forestales más mortíferos de Estados Unidos en más de un siglo. Durante mi investigación para un libro sobre la resiliencia comunitaria, los residentes no me hablaron de la supervivencia individual, sino de la comunidad y de un compromiso compartido con la reconstrucción.
Se trataba de desastres, lugares y décadas diferentes, pero el mensaje era sorprendentemente similar.
Comunidades corrosivas
Reconocer la fortaleza de una comunidad no minimiza sus pérdidas ni reduce la responsabilidad de apoyarla. Las personas que se recuperan de una catástrofe necesitan vivienda, asistencia económica, servicios de salud mental e inversión sostenida.
Sin los recursos adecuados para reconstruir, los vínculos que ayudan a las personas a seguir adelante pueden verse afectados, lo que contribuye a crear una comunidad dividida.
El derrame de petróleo del Exxon Valdez de 1989 fue uno de los desastres ambientales más grandes en la historia de Estados Unidos. Provocó la muerte de cientos de miles de aves y otros animales silvestres, así como de miles de millones de huevos de peces, lo que llevó a la quiebra a familias y empresas que dependían de la pesca. A raíz de ello, la comunidad de Cordova, en Alaska, sufrió años de pérdidas económicas, litigios prolongados e incertidumbre. Los investigadores documentaron una disminución de la confianza, el debilitamiento de los vínculos sociales, conflictos y una disminución de la población, efectos que, en algunos casos, persistieron durante décadas.
Es más probable que surja una comunidad conflictiva cuando la recuperación se prolonga, los recursos son insuficientes o están distribuidos de manera desigual y la confianza se va erosionando. Las comunidades tienden a mantenerse unidas cuando el apoyo es adecuado, los recursos se distribuyen de manera justa y se confía en las instituciones.
En mi opinión, la recuperación rara vez es un logro individual; por el contrario, se logra gracias a las familias, los vecinos, las organizaciones comunitarias, los voluntarios y, a veces, personas desconocidas.
Lo que los desastres revelan sobre nosotros
La Asociación Americana de Psicología señala que el 62 % de los adultos considera que las divisiones en la sociedad son una fuente importante de estrés. Y a pesar de estar más conectados que nunca gracias a la tecnología y las redes sociales, aproximadamente la mitad de los estadounidenses muestra signos de soledad.
Nuestras diferencias no desaparecen tras las catástrofes, pero la gente encuentra formas de conectarse a pesar de ellas.
Las investigaciones realizadas tras el huracán María, una tormenta de 2017 que, según las estimaciones, causó la muerte de casi 3,000 personas, revelaron que los sobrevivientes brindaron ayuda más allá de sus círculos sociales, superando las divisiones políticas, socioeconómicas y religiosas, e incluso los conflictos del pasado.
La solidaridad ante los desastres puede ser temporal, pero revela algo duradero: nuestra capacidad para conectarnos no surge cuando un huracán toca tierra, se propaga un incendio forestal o ocurre un acto de violencia inimaginable como el del 11 de septiembre. Ya está ahí.
Hay algo que podemos aprender de una catástrofe que también nos puede ayudar en los momentos cotidianos que nos ponen a prueba.
Tonya Cross Hansel es vicedecana de Investigación y profesora de la Facultad de Trabajo Social de la Universidad de Texas en Arlington.
