En NAZA, revelaciones de los informantes israelíes sobre las muertes de civiles en Gaza reflejan una larga historia de aislamiento de los palestinos

Drew Paul | The Conversation
Yuval Abraham y Rachel Szor con el Premio Especial del Jurado para NAZA durante la ceremonia de clausura del 83.º Festival Internacional de Cine de Venecia. Se podrá ver NAZA gratis en streaming a partir de noviembre de 2026. Photo Credit: Ondine Goat CC BY-SA 4.0

Hay una escena impactante en el documental Wall (2004) de la cineasta marroquí-francesa-israelí Simone Bitton, que narra la historia de la construcción de la barrera de Cisjordania, una red de muros y cercas de 448 millas, o 721 kilómetros, que separa gran parte de Cisjordania de Israel.

Una losa de concreto se va bajando lentamente hasta su lugar para completar una sección del muro. Pulgada a pulgada, la vibrante y montañosa comunidad palestina del otro lado se va haciendo cada vez más pequeña.

Y entonces así, de repente, un mundo que está a tiro de piedra ya no existe.

Como alguien que estudia las restricciones impuestas a los palestinos, a menudo pienso en esta escena como un microcosmos del uso que Israel ha hecho durante décadas de muros, puestos de control y tecnologías de vigilancia para aislar a los palestinos del resto de la sociedad.

En ningún lugar es más evidente esta dinámica que en la Franja de Gaza, que Israel cercó durante la década de 1990 y a la que ha impuesto un bloqueo desde 2007, alegando motivos de seguridad y la amenaza de ataques de militantes.

Debido a estas barreras, ha sido difícil documentar el inmenso sufrimiento de los palestinos en Gaza, de los cuales más de 70,000 han perdido la vida como consecuencia de la guerra entre Israel y Hamás desde 2023. El gobierno israelí prohíbe en gran medida que los periodistas internacionales ingresen de manera independiente a la Franja de Gaza, mientras que a los palestinos que viven allí, por lo general, no se les permite salir de la Franja de Gaza.

Sin embargo, el estreno el 10 de septiembre de 2026 de la película NAZA, de los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, en el Festival Internacional de Cine de Venecia, ha puesto el foco en la tragedia que se vive actualmente en Gaza sin recurrir a imágenes de cadáveres espantosos ni de barrios bombardeados.

La película se compone en gran parte de testimonios anónimos de 24 miembros de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia de Israel. En ellos se analizan las formas en que Israel ha utilizado la inteligencia artificial para atacar a funcionarios de Hamás, a pesar de saber que los ataques también provocarían un gran número de víctimas civiles. El título, NAZA, proviene de un acrónimo de la frase hebrea “nezek agavi”, o “daño colateral”, y es el sistema de umbrales del ejército israelí para determinar cuántas víctimas civiles son aceptables en sus ataques militares contra Gaza desde los ataques del 7 de octubre de 2023. Militantes de Hamás de Gaza lanzaron esos ataques en el sur de Israel, asesinando a 1,200 personas, en su mayoría civiles, y tomando además unos 250 rehenes.

Para mí, parte del impacto de la película radica en su enfoque en la forma tan fría y calculada en que se llevan a cabo los ataques contra Gaza desde la distancia. Pero el enfoque del ejército israelí solo pudo funcionar después de haber aislado sistemáticamente al pueblo palestino a lo largo de décadas.

Víctimas invisibles

Además de construir muros y bloquear Gaza, Israel ha impuesto la separación de los palestinos al restringir o denegar los permisos a quienes desean ingresar o trabajar en Israel, mediante la vigilancia aérea y la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania.

Tanto el lenguaje visual como el contenido de NAZA reflejan y revelan cómo el conocimiento del sufrimiento palestino suele minimizarse en la cultura, la política y la vida cotidiana israelíes.

La película yuxtapone el audio de los testimonios de soldados israelíes con tomas del paisaje urbano de Tel Aviv por la noche. En estas entrevistas, los soldados describen cómo se eligen los objetivos, cómo se planean los ataques y qué margen de tolerancia se permite respecto a las víctimas civiles.

Las propias víctimas pasan prácticamente desapercibidas, a pesar de su gran cercanía: Tel Aviv se encuentra a solo 43 millas, o 70 kilómetros, de la Franja de Gaza, en dirección hacia el norte por la costa.

La decisión de filmar principalmente de noche, en la oscuridad, utilizando voces en off para contar una historia que no se muestra ante la cámara, resalta aún más hasta qué punto estos sucesos han sido ocultados en Israel y en todo el mundo. Quizás por eso el gobierno israelí ha hecho todo lo posible por desacreditar la película, afirmando que contiene “distorsiones deliberadas de la realidad”. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha amenazado con revocar la ciudadanía de sus directores.

En respuesta al interés y a las críticas que ha suscitado la película, los realizadores anunciaron que NAZA estará disponible para su transmisión gratuita, para que cualquiera pueda verla, a partir de noviembre de 2026.

Abrirse camino

NAZA destaca la distancia psicológica entre el agresor y la víctima, propiciada por la inteligencia artificial, las pantallas de computadora y el aislamiento físico de las víctimas. Sin embargo, dista mucho de ser la primera película en llamar la atención sobre la invisibilidad de los palestinos.

La comedia negra Divine Intervention (2002), de Elia Suleiman, presenta en repetidas ocasiones escenas en las que los personajes palestinos quedan atrapados en un puesto de control militar israelí o intentan sortearlo. Y el documental Checkpoint (2003), de Yoav Shamir, narra las interacciones cotidianas entre palestinos y soldados israelíes en los puestos de control de Cisjordania y Gaza.

Otras películas se centran en actos de transgresión o protesta. Tanto el drama Omar, de Hany Abu-Assad (2013), como el drama 200 Meters, de Ameen Nayfeh (2020), presentan a personajes palestinos que infringen la ley y cruzan clandestinamente la frontera de Cisjordania hacia territorio israelí, exponiéndose a peligros físicos y legales.

No Other Land, el documental de 2024 que les valió a Abraham y Szor un Óscar, junto con los directores Basel Adra y Hamdan Ballal,  enfoca su cámara a los movimientos de protesta palestinos contra las expropiaciones de tierras y las demoliciones de viviendas en Cisjordania. En la película de 2011 5 Broken Cameras, el agricultor palestino Emad Burnat captura la lucha de su pueblo en Cisjordania contra la construcción de un enorme muro que aísla las tierras de cultivo y bloquea el acceso a recursos vitales. A pesar de que sus cámaras son dañadas o destruidas repetidamente, Burnat se niega a dejar de documentar la resistencia.

Llorando y filmando

NAZA también señala otro fenómeno: cómo el aislamiento y la separación fomentan la complicidad. La distancia física entre los soldados israelíes y las personas contra las que actúan puede facilitar que se acepte o se ignore lo que está sucediendo.

De esta manera, NAZA aborda un recurso recurrente en el cine y la literatura israelíes que consiste en explorar la culpa de los soldados israelíes. A veces denominado de manera despectiva por los críticos como “filmar y llorar”, el marco temático de estas películas ha sido criticado por centrarse en la angustia moral israelí a costa de las experiencias y perspectivas palestinas.

Por ejemplo, la novela de S. Yizhar de 1949, Khirbet Khizeh, que fue adaptada al cine en 1978, cuenta la historia desde la perspectiva de Micha, un soldado israelí que luchó en la guerra de 1948 que llevó a la creación del Estado de Israel. Él forma parte de un escuadrón que expulsa a los palestinos de su aldea, y la culpa que siente a raíz de ello le provoca una crisis de conciencia que lo atormentará durante años.

Décadas más tarde, el documental animado de 2008 Waltz With Bashir sigue al director de la película, Ari Folman, mientras explora sus recuerdos reprimidos de su participación en la invasión israelí de Beirut en 1982 y cómo, sin darse cuenta, ayudó a los combatientes de la milicia falangista cristiana libanesa a llevar a cabo masacres de palestinos en los campamentos de refugiados de Sabra y Shatila.

El género de “filmar y llorar” fue ampliamente aceptado en la cultura dominante israelí, y la película Khirbet Khizeh se enseñó en las escuelas israelíes durante décadas. Sin embargo, la reacción hostil del gobierno israelí hacia NAZA tal vez sea señal no solo de la creciente intolerancia hacia la disidencia en Israel, sino también de una disminución del interés cultural y político por la moralidad de la ocupación israelí del territorio palestino.

¿A quiénes se les escucha?

El hecho de que en estas obras anteriores, así como en NAZA, se dé prioridad a las perspectivas israelíes también muestra cómo la violencia contra los palestinos puede ganar mayor credibilidad cuando son los propios israelíes quienes la describen.

Las recientes historias palestinas sobre Gaza, como From Ground Zero y Thirteen in Gaza, han recibido cierta atención y elogios en el mundo del cine, pero ni de lejos tanto como NAZA en las semanas transcurridas desde su estreno.

Incluso No Other Land, que se centra en un pueblo palestino, presenta a un periodista y cineasta israelí, Abraham, que documenta las protestas y se enfrenta a los soldados israelíes, y tal vez no hubiera recibido la misma aclamación si hubiera sido realizada íntegramente por palestinos.

Sin embargo, a pesar de estas numerosas barreras, los palestinos nunca han dejado de buscar formas de hacerse oír. Además de películas como Omar y 200 Meters, los videos y las imágenes compartidos directamente en las redes sociales han permitido a los palestinos conectarse directamente con el público y dar a conocer a nivel mundial su difícil situación, especialmente desde que comenzó la actual guerra en Gaza.

Han logrado superar las barreras físicas que durante mucho tiempo han restringido su movilidad, así como las barreras culturales que, con frecuencia, han mantenido sus experiencias ocultas.

Drew Paul es profesor de árabe en la Universidad de Tennessee.

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